Ya casi en verano 

Todavía no es verano y ya estamos a 38 grados. Javier y yo llevamos todo el fin de semana leyendo, ni siquiera nos apetece salir a dar un paseo, me duele la cabeza y me escuecen los ojos. Dentro de poco vendrán los niños y el jardín puede convertirse en un campo de batalla de todos sudando histéricos, así que me he pasado todo el día buscando en Internet actividades al aire libre que hacer. He apuntado cada juego en una ficha donde anoto los materiales que vamos a necesitar y cuál es la finalidad. Ahora tengo tantos que los días que van a estar aquí no van a ser suficientes para hacer todos.
Los materiales son antiguos como los de mi infancia: cuerdas, pelotas, latas vacías, papel, cestas, baldes, telas y trapos. La cuestión es si seré capaz de atraer su atención más intensamente que la TV, el IPad… espero que sí. De hecho todos los años Mateo, y ya el pasado también Genoveva, han plantado las flores cada uno con sus herramientas tan entretenidos y contentos. La bici, los bichos y poco más hasta ahora han sido suficientes, aunque la protagonista del verano ha sido siempre el agua en todas sus versiones, la más insospechada es la manguera. Con ella puedes regar tus propios pies saboreando el agua helada o enchufar a los demás el chorro sorpresa que despierta la furia en cada uno de la familia de forma tan distinta.

Unos ríen y otros se convierten en potenciales asesinos. 

No sé si pienso en juegos por entretenerles a ellos o son los niños los que me despiertan a mí esta esperanza de jugar otra vez. 

Mi infancia no parece que duró lo suficiente para saciar estas ganas de jugar. No son aventuras, ni viajes, ni experiencias especiales lo que me da ánimos para cuidar mi salud, es poder salir a buscar caracoles al atardecer cuando la lluvia para, o ir en bici con la brisilla en la cara, o meterme en el mar dando saltos salvando las olas, bucear viendo los peces, ver la vía láctea, criar animales, cosas así, y ahora querría que ellos tuvieran los mismos recuerdos.

Me cuido. El reloj que me regalaron mis hijas me dice los pasos que doy cada día, mi nieta entiende que ahí veo datos sobre mi salud. Tengo una media de 12000. No parece mucho… ésta información se ha convertido en una manía divertida, una nueva vara de medir desconocida. Por ejemplo, que me haga efecto un analgésico son algo más de 1000 pasos. Ir a buscar a mis nietos al cole son 3000 pasos. A veces malgasto pasos y otros los ahorro. La nena me pidió, a la salida del cole, que le comprara unas chuches.

– Nos va costar mucho, comento.

– ¿Qué presupuesto tenemos hoy? Me volví alucinada por la palabra que ayer aprendió con una sola vez que la usé y me preguntó.

– ¡Lo digo porque nos va a costar unos 800 pasos!

– Ah! Pues tenemos muchísimos más para gastar, no? Me dice tan contenta. Me río porque como siempre tenemos un diálogo de locos pero nos entendemos.

– ¡Vale, vamos!

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