¡Que te vas a caer!

22 de marzo, miércoles

Desde la parada del autobús hasta la puerta del cole voy andando bajo una suave lluvia que agradezco. El olor a tierra mojada de los jardines que atravieso me llenan los pulmones de gusto.

En contraste, la entrada del cole es una algarabía de niños, abuelos, mamás, papas, y cuidadoras… no encuentro a mis niños y voy perdida de un pasillo a otro. Embobada veo las decoraciones que han hecho los alumnos colgando del techo soles y planetas en uno, pirámides y dibujos egipcios en otros…Es Genoveva la que me encuentra a mí. Siento de repente su manita en la mía, caliente, caliente.

– Dame un abrazo grande, que no te veía porque llevas la capucha puesta y yo buscaba tus rizos. ¡He dado mil vueltas!

– ¡Pero si yo estaba quieta! Contesta

Me veo adentrándome como cada día en un diálogo de besugos en el que el único besugo soy yo, así que opto por pasar página.

– Llévame con Mateo que tú sabes dónde está su clase. La voy siguiendo, ella muy seria, me dirige por aquí y por allá, entre la gente, con su manita tan caliente que empiezo a pensar que tiene fiebre.

– ¿Te encuentras bien cariño? ¿Te duele algo?

-¿Qué me tiene que doler? Anda ven que te voy a enseñar mi comedor …

– Es muy bonito. Pero… ¿no estamos buscando a Mateo?

– Es que fuera llueve y hace mucho frío.

-¡Pero Mateo estará buscándonos, corre, corre!  ¡vamos a bajar al patio que se estará mojando!

Tenemos que refugiarnos en un rincón del rellano de la escalera para que no nos arrastre el tropel que baja de las clases de los mayores, todos mucho más altos que nosotras dos.

La peque se maneja estupendamente entre el gentío y alboroto y se me encoge el corazón al verla tan chiquitina todavía, defender su mochila tironeando de ella. Desde su altura todo debe verse aterrador. Bajo dando gritos a todos, desaforada, ¡Cuidado! ¡Cuidado!  Porque los chavales se empujan unos a otros bromeando y veo que me voy a romper la crisma por las escaleras. Mi nieta me mira con cara de paciencia desaprobadora pero, muy valiente, me va abriendo camino empujando como puede a diestro y siniestro sin decir ni pío. Hace tan solo unos días la bajaba yo en brazos.

– Anda vamos al patio que te vas a caer, me dice muy seria.  Me cuida estupendamente. ¡Está muy mayor, ya tiene cuatro años! Y de vez en cuando me dice…

– Cuando yo era pequeña…

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