El elixir de la vida

Elixir, una palabra oída y comentada en varias ocasiones en estos días !qué casualidad!
Con mi hermano:

– Mamá, decía yo, para quitarme el miedo a la muerte me dijo que antes de que cumpliera 25 años se habría descubierto el elixir de la vida.

– No parece muy propio de las creencias de nuestra madre, contestó. Sonreía y decía no recordar ese comentario. 

– De niña me parecía más creíble lo que me contaba nuestra hermana Pili: que no moriríamos, sino que nos vendría a buscar Elías en un carro de fuego. Esa idea me gustaba mucho más… ¿dónde me llevarán? La aventura parecía muy atractiva pero la idea de separarme de mi familia me creaba un gran desasosiego. Lo que realmente quería es que nada cambiase. Estaba convencida de que los seres humanos eran niños, mayores o ancianos para siempre y que lo mejor era que siguiera todo igual. 

– La ciencia avanza tan deprisa que es muy posible que la vida de nuestros nietos sea larguísima. Ya se habla de que las generaciones de los actuales niños vivirán más de 120 años. Continuó mi hermano, y en su voz había una mezcla de esperanza y horror.

Mateo y yo caminamos de vuelta del colegio, ya pocas veces me deja llevarle de la mano.
– ¿Qué es un elixir? Me pregunta.

– No estoy muy segura, creo que es un liquido concentrado en un frasquito, que si te lo tomas no te mueres nunca, pero es posible que sea otra cosa. Esa es la idea que tenía yo de niña.

– Pues yo creo que te equivocas porque en mi libro de Harry Potter dice que es algo de un unicornio.

– Pero los elixires existen y los unicornios no, digo. No sé de otro distinto del que te lleva a la eternidad. Quizá en cremas que nos venden como “elixir de la juventud”, pero es mentira…

– ¿Donde está la eternidad? Me mira perplejo.

– La eternidad es un concepto, es no tener fin… ser inmortal, eterno…

– O sea que si no existen los unicornios tampoco existen los elixires, ni la eternidad, ni la inmortalidad y nos morimos seguro.

Me doy cuenta de que mi nivel intelectual es tan pobre que no puedo seguir la conversación de mi nieto de ocho años.

¡Ay Mateo! Que la abuela no sabe nada de nada.

Y me coge de la mano consolador.

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