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“Despacito”

Despacito.Genovevita tararea la canción con tal entusiasmo que incluso baila. Buscamos en Internet la letra y voy leyendo nombres de cantantes.

– Noooo… ¡ése no!

– No te preocupes que lo voy a encontrar, en Internet está todo.

– ¿Todo?

– Bueno, me refiero a información casi de cualquier tipo.

Por fin encontramos un vídeo de Stan Laurel y Oliver Hardy en el que cantaban y bailaban “Despacito”. Una adaptación estupendamente hecha que parece real y es de partirte de risa.

La vimos, las dos juntas un montón de veces seguidas. Le expliqué que eran unos cómicos de hace muchísimos años y que yo los veía de pequeña.

– ¡Abuela, tú no eres pequeña! 

– Pero lo fui hace ya mucho tiempo.

– ¿Eras más pequeña que mamá?

– Primero fui pequeña, luego mayor y entonces nació tu madre.

– ¿Y yo dónde estaba?

– Pues dentro de mamá.

– Imposible

– ¿Por qué?

– ¿Y entonces Mateo, qué?

– Pues también.

– ¿Pero mamá no estaba en tu barriga? Tu misma me lo dijiste un día. ¿Ves como es imposible?

Mateo está cerca, distraído con el IPad, parece que no se entera pero se vuelve muy serio y dice:

– Genoveva, todos hemos nacido de un mono.

La pobre con cara de asco responde:

– ¿Del mismo mono? ¿Y mamá?

– Quenoooo!!! Digo yo horrorizada. ¡Vosotros habéis nacido de papá y mamá y punto! Lo del mono ya os lo contarán ellos y también en el cole. A ver si vamos a meternos en un lío con la conversación. Yo no opino. 

Recuerdo que cuando yo era pequeña pensaba que las personas eran, desde y para toda la eternidad, tal como eran, unos niños, otros mayores y otros viejos. Así viví muchísimo tiempo, ni idea de barrigas, partos, bebés, ni mucho menos de monos. Sin nacimientos ni muertes ¡Qué feliz fui! 

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22 de julio de 2017

22 de julio 2017Otra vez aquí. En las tumbonas del jardín mirando al cielo y a los pájaros que revolotean en los árboles, Javier y yo leemos. Son las nueve de la noche y es pleno día.

El sonido de las voces de los niños todavía están aquí. Se han ido a Madrid hace un rato y como siempre me quedo por un tiempo como perro sin amo.

En lugar de ponerme nostálgica intento recordar cosillas con las que reírme. 

Esta noche tu habitación, Pili, ha sido la más solicitada. Cuando me he levantado a poner el café, todos dormidos, abro la puerta y me encuentro a Rafa durmiendo en ella, luego me ha contado que a eso de las cuatro de la mañana apareció Javier con su almohada y su tablet debajo del brazo… Oh! Perdón! Dijo y se fue a deambular por la casa como hace casi todos los días, razón por la que Mateo nos decía una noche… ¡pero abuelitos! ¿¡Qué os pasaaaaa!?¿Por qué habláis toda la noche?

Hoy dormía solo, su hermana escondida con su madre.

En esta casa es difícil amanecer cada uno en su lugar.

Lejos de lo que pueda parecer, creo que es una prueba de que todos nos adaptamos con facilidad a lo que surja, a la otitis de la pequeña, a los insomnios inoportunos u otros imprevistos.

También parece que las broncas las superamos con facilidad, es fácil si en la cena pongo lo que sea, pero empanado. Los niños se comen contentos la cena y nos obsequian con algunos comentarios estupendos.

Cenando decía yo que en los nueve meses de embarazo de Pili, tiempo en el que tuve que hacer reposo… Mateo no me dejó terminar.

– ¡Imposible, la tía nació en abril!

– ¿Y qué? Dije.

– ¡Pues que de enero a abril solo son cuatro meses!

– Sorprendido nos miraba reírnos a los mayores. 

– Los embarazos duran nueve meses y no todo empieza en enero, le explicamos un poco el tema.

– Parecía que lo hubiera comprendido a la perfección pero unos minutos después ¡nos aseguró que en Paraguay nacen antes!

 

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Una tarde cualquiera de julio 

Estoy en la tumbona mirando al cielo y escuchando a los pájaros, siento que se me guiña un ojo sin control y mi boca la siento contraída, creo que en la misma mueca que pone Mateo. Hemos estado casi una hora luchando en el agua de la piscina.

Yo amenazadora decía a la nena:

El ogro llega el ogro: ¡Tápate la nariz que te hundo! Y ella se moría de risa y para que no tragase agua, yo la levantaba, así que la aguadilla se convertía en una especie de sube y baja extraño incomprensible hasta para mí. Mateo venía en su defensa echándome agua a la cara. Pero debo estar tan horrible con el pelo mojado que el pobre cuando me vio de cerca puso una mueca que le duró un buen rato.

Qué cansancio! Afortunadamente ha llegado Rafa a salvarme y va con sus hijos alrededor como enjambre de moscas. Hablan a la vez, en un tono agudo, que te hace a la vez reír y taparte los oídos, sin entender nada, y como ven que no te enteras repiten pero mucho más alto. 

El pobre Mateo lleva todo el día en la tentación de jugar a la Play o cumplir con las promesas que ha hecho a sus padres. Ya no me atrevo a sentarme a jugar con él. ¡Con lo bien que lo pasamos ayer! No conseguí bajar mi cochecito virtual de las paredes del circuito. Mateo gritaba, primero:

¡Pero abuela qué hacessss? 

Pero terminó chillando:

¡¿Pero abuela CÓMO lo haces!?

Sentí orgullosa que tenía envidia de mi extraña pericia y de premio le hice unas tortitas con chocolate.

Este dichoso juego se ha convertido en el dilema existencial del pobre Mateo. Está un poco nervioso.

La nena en cambio está más tranquila, me ha dedicado un momento inolvidable esta mañana. Se tumba a mi lado en el césped y me dice:

– Vamos a hablar. Cuéntame cosas de la familia, ¿como se llamaba tu mamá?

– Julia, se llamaba Julia, igual que mi abuela, mi hermana mayor, su hija…mi sobrina…

– Pero… entonces… ¿por qué te pusieron a ti Isabel?

– No se puede poner siempre los mismos nombres. 

– Pues mi mamá se llama Genoveva y yo también. ¡No pasa nada! Y… ¿por qué te ríes?

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Primer día en el campo

Diario de veranoDía 10 de julio, lunes

Mateo y Genovevita se vienen a mi cama reclamando besos y desayuno.

Enseguida el olor a tortitas y café llena la casa.

Desayunamos en el porche y yo, tentada sin remedio, me zampo una de sus tortitas… Ya tendré tiempo de quemar calorías.

Ordeno un poco mi armario mientras los niños para mi sorpresa en lugar de ir a la TV salen al jardín. Grabo un vídeo por si sus padres no me creen. La peque se sienta y en alto va recitando un cuento, exactamente con las palabras que ayer le leí, ella no sabe todavía.

Mateo da unas patadas al balón.

Enseguida nos ponemos a la tarea de hacer bolas de sales para la bañera, para curar la piel y para perfumarnos de lavanda.

Lo hacen serios, fijándose, calculando y ¡sin reñir! Hacen para toda la familia aunque yo pienso gastar en ellos la mayor parte. El bicarbonato que contiene deshará la costra de sus pies todo el día descalzos.

No hace calor, es un día luminoso y la reciente lluvia ha dejado un olor a tierra mojada que da gusto. 

Como les he hecho su comida preferida todo es una felicidad continua. Por la tarde nos vamos de paseo, con el abuelo incluido, todos de la manera más absurda para caminar por el campo, es decir, con chanclas…

Pero como todos vamos igual nadie protesta. Nombramos a Mateo capitán para que vaya abriendo camino por donde menos ortigas haya y menos nos pinchemos. Genoveva reclama el segundo puesto de la fila.

Llevamos una bolsa con pan duro y aunque nuestro propósito es dárselo a los animales de la granja del vecino, casi una barra cae entre los cuatro. Se ve que a todos se nos ha despertado el hambre o la envidia de las ovejas y caballos que íbamos a alimentar.

Les tiramos el pan por encima de la verja y las ovejas aunque parecen tontas no han dejado que el caballo pillara ni un trozo. Mateo defensor de pleitos pobres y siempre preocupado por la justicia ha dado media vuelta con la bolsa de pan para evitar continuar con ese oprobio al caballo.

En la misma bolsa de pan hemos ido metiendo un par de almendrucos de cada arbolillo del camino. 

– No cojas más de dos le digo a Mateo.

– ¿Por qué? Es mejor llevarnos todas las almendras de un solo árbol que fastidiar un poco a todos. ¿No?

– Yo lo digo por experimentar y ver si algunas están ya maduras o no, yo creo que es muy pronto para coger almendras.

– Yo no llego. Dice Genoveva.

– Bueno, tú llevas la bolsa. Le dice su hermano compasivo.

– Tres mil pasos hemos hecho, de los míos.

Y así cargados y cansados hemos vuelto a casa. De su baño la satisfacción de probar las sales que habían preparado por la mañana, el agua de la bañera negra como el tizón y un gusto especial por ponerse los pijamas limpios y cenar sin queja por el menú que ellos mismos han pedido.

Pero como la felicidad nunca es perfecta, la batalla de acostarse ha sido un ir y venir pasillo arriba pasillo abajo hasta que nos hemos sentado en el sofá y hemos empezado a amenazar histéricos con llamar a sus padres. ¡Mano de Santo! Al fin se hizo el silencio! 

Con lo que a mí me gusta acostarme con ellos y charlar hasta quedarme dormida (antes que ellos, eso es verdad) pero mi hija me ha dicho antes de irse que me porte bien y no les malacostumbre…que en su casa se duermen solos… ☹️
 

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¡Mateo vuelve por favor!

Se me ha perdido, no sé en qué mundo se mueve su pensamiento pero Mateo no está. Su cuerpo sí, pero sólo su cuerpo. 
Le veo con frecuencia, voy a su casa, me mojo en la piscina sin miramientos hasta parecer una payasa dando saltos con la nena, pero Mateo siempre está a no menos de cinco metros de distancia.

A veces le quiero hablar y me mira educado pero completamente sordo.

Dicen que los adolescentes se distancian de sus padres. Qué vamos a pensar de una abuela… ¡pero él tiene ocho años, no es adolescente!

Como si unos extraterrestres le tuvieran secuestrado sin llevárselo. El caso es que está mucho más tranquilo y juicioso, incluso obediente, pero él no está.

Cuando llego le abrazo y le digo que le echo de menos y él me mira compasivo pero no dice nada, me entiende perfectamente. Sus ojos parece que hablan de un lejano recuerdo de su niñez compartida conmigo. ¿Se nota en él una pizca de nostalgia? Yo creo que si.

Toda la tarde juega sin parar al fútbol, nadando, corriendo… pero no le veo hablar ni una sola palabra. Debe sentirse muy solo a pesar de su actividad frenética. 

No hace mucho se quedaron a dormir en casa y ya a oscuras no paraba de hablar. Se me encoge el corazón cuando pienso que no fui consciente de que era su última conversación, al menos en mucho tiempo. Para más tristeza no me acuerdo de qué hablaba, sí que Genovevita y yo le dejamos con la palabra en la boca porque nos quedamos dormidas atontadas por sus rápidos saltos de un tema a otro. 

La nena está muy malhumorada, habla gritona y enfadada y ahora recapacitando pienso que quizá ella también le echa de menos pero no cae en la cuenta.

Menos mal que ella sí está.

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Ya casi en verano 

Todavía no es verano y ya estamos a 38 grados. Javier y yo llevamos todo el fin de semana leyendo, ni siquiera nos apetece salir a dar un paseo, me duele la cabeza y me escuecen los ojos. Dentro de poco vendrán los niños y el jardín puede convertirse en un campo de batalla de todos sudando histéricos, así que me he pasado todo el día buscando en Internet actividades al aire libre que hacer. He apuntado cada juego en una ficha donde anoto los materiales que vamos a necesitar y cuál es la finalidad. Ahora tengo tantos que los días que van a estar aquí no van a ser suficientes para hacer todos.
Los materiales son antiguos como los de mi infancia: cuerdas, pelotas, latas vacías, papel, cestas, baldes, telas y trapos. La cuestión es si seré capaz de atraer su atención más intensamente que la TV, el IPad… espero que sí. De hecho todos los años Mateo, y ya el pasado también Genoveva, han plantado las flores cada uno con sus herramientas tan entretenidos y contentos. La bici, los bichos y poco más hasta ahora han sido suficientes, aunque la protagonista del verano ha sido siempre el agua en todas sus versiones, la más insospechada es la manguera. Con ella puedes regar tus propios pies saboreando el agua helada o enchufar a los demás el chorro sorpresa que despierta la furia en cada uno de la familia de forma tan distinta.

Unos ríen y otros se convierten en potenciales asesinos. 

No sé si pienso en juegos por entretenerles a ellos o son los niños los que me despiertan a mí esta esperanza de jugar otra vez. 

Mi infancia no parece que duró lo suficiente para saciar estas ganas de jugar. No son aventuras, ni viajes, ni experiencias especiales lo que me da ánimos para cuidar mi salud, es poder salir a buscar caracoles al atardecer cuando la lluvia para, o ir en bici con la brisilla en la cara, o meterme en el mar dando saltos salvando las olas, bucear viendo los peces, ver la vía láctea, criar animales, cosas así, y ahora querría que ellos tuvieran los mismos recuerdos.

Me cuido. El reloj que me regalaron mis hijas me dice los pasos que doy cada día, mi nieta entiende que ahí veo datos sobre mi salud. Tengo una media de 12000. No parece mucho… ésta información se ha convertido en una manía divertida, una nueva vara de medir desconocida. Por ejemplo, que me haga efecto un analgésico son algo más de 1000 pasos. Ir a buscar a mis nietos al cole son 3000 pasos. A veces malgasto pasos y otros los ahorro. La nena me pidió, a la salida del cole, que le comprara unas chuches.

– Nos va costar mucho, comento.

– ¿Qué presupuesto tenemos hoy? Me volví alucinada por la palabra que ayer aprendió con una sola vez que la usé y me preguntó.

– ¡Lo digo porque nos va a costar unos 800 pasos!

– Ah! Pues tenemos muchísimos más para gastar, no? Me dice tan contenta. Me río porque como siempre tenemos un diálogo de locos pero nos entendemos.

– ¡Vale, vamos!

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La Dehesa de la Villa

17 de abril de 2017

Hoy es lunes y todavía están los niños de vacaciones. Una Semana Santa soleada y de ciudad porque ni siquiera hemos ido a Guadarrama, el abuelo todavía está convaleciente y aunque con el corazón partido pienso dejarle solito en casa por un rato.

De cierre de fiesta mi amiga Cristina tiene una idea inmejorable: nos vamos con los nietos a La Dehesa de la Villa. Un plan que me recuerda muchísimo a cuando yo era pequeña y nos íbamos a pasear por la Casa de Campo, entonces aquello me sabía a viaje largo y maravilloso.

Ya que todo es improvisado y hay prisa por salir, no tengo tiempo de ir a comprar nada que sea digno de llevar en la cesta de picnic, así que rebusco por mi despensa. ¡Nada de nada! Qué razón tiene mi yerno que me toma el pelo cuando dice que en mi cocina no hay más que ensalada. Mi boicot a toda la bollería industrial, embutidos y otras delicias me pasa factura. No hay lugar a la improvisación.

Finalmente encuentro al fondo de mi pequeño armario despensa una bolsa de palomitas que alguien habrá olvidado en ésta casa. ¡Microondas y ya!, ¡maravilla de las maravillas!

Cristina, Celia y yo vamos a buscar a Mateo y Genoveva en un coche con aroma a palomitero delicioso. Celia que parece una mujercita en miniatura, solo tiene tres añitos, con unos ojazos azules de caerse de espaldas resulta ser una bromista y nos va tomando el pelo, entrecierra los ojos haciendo que se duerme…y mirando de reojillo.

Mateo con su abrigo y Genoveva con leotardos de lana nos parece que no pueden ir de campo con los 28 grados que hace esta primavera, así que parados en doble fila esperamos pacientemente a coger vaqueros y camiseta ligera. Los planes con niños son siempre imprevisibles en el tiempo y eso a mí me encanta, nunca me planteo metas, sé que vestirse, salir, desplazarse…todo forma parte de la aventura.

Alucino con Cristina que conduce derecha a la Dehesa sin navegador ni nada lo cual me parece una proeza irrealizable, pero llegamos enseguida, después de haber cantado a voz en grito esas canciones de los antiguos autobuses de los colegio cuando íbamos de excursión: “Vamos de excursión con la mochila, la tortilla y el jamón”,  “Vamos a contar mentiras”, “El barquito”…etc. Hay que mantener las tradiciones, solo las divertidas.

Ya allí dimos un largo paseo como de cincuenta metros pero como todos atendíamos amablemente las necesidades de los demás el avance era lento, dábamos pasitos muy cortos.

Cristina nos contaba las diferentes clases de plantas que íbamos viendo, estaba todo el terreno plagado de jaras en flor y diminutas florecillas que me iban dando. Genoveva y Celia las manos pegajosas por tocar las jaras, se repartían las palomitas y el agua, y yo escuchaba a Mateo.

– ¿Ves qué bien los pasamos sin TV, ni Ipad ni nada? Le dije muy convencida cuando le veía interesadísimo en coger un palo cada vez más grande.

– Pero para llegar hasta aquí lo he pasado muy mal.

– No me lo creo Mateo, veníamos tan felices cantando en el coche.

– Pero yo es que tengo claustrofobia.

– ¿Quéeee? ¿Qué dices? ¡Anda ya! Contesto incrédula.

-¡Que sí! Que no puedo estar en sitios cerrados.

-Pues como no volvamos andando durante horas, no tienes más remedio que subir al coche otra vez, estamos lejísimos de casa. Además Cristina ha preparado filetes de pollo empanados con patatas fritas y yo hamburguesas…y se nos van a estropear.

-¿Podré bajar las ventanillas del coche, vale? Todavía está en la edad en que como el plato de lentejas bíblico para Mateo las pocas cosas que le gustan para comer son una tentación insuperable.

Luego se ríen mis hijas de mí por lo mucho que hablo de la comida, pero ¿no es verdad que quita muchos dolores de cabeza?